Son jóvenes del Colegio Nuestra Señora del Santísimo Rosario, de Ingeniero Giagnoni, que desarrollaron Life Bag, un emprendimiento que combina prevención, reciclaje y producción artesanal para responder a una necesidad concreta de su comunidad.

En una provincia donde los sismos forman parte de la realidad cotidiana, estar preparados frente a una emergencia puede marcar la diferencia. Con esa problemática como punto de partida, estudiantes de 5° año del Colegio Nuestra Señora del Santísimo Rosario, de Ingeniero Giagnoni, Mendoza, desarrollaron Life Bag 2026, un kit de emergencia pensado para brindar asistencia y una respuesta inmediata ante situaciones de riesgo.
La idea surgió a partir de un proceso de búsqueda y discusión dentro del aula. Antes de llegar al kit, los estudiantes analizaron distintas alternativas y se preguntaron qué producto podían desarrollar que tuviera un fundamento, respondiera a una necesidad real y les permitiera aplicar los conocimientos de la materia. Así, una lluvia de ideas y varias propuestas descartadas dieron paso a Life bag, un emprendimiento que combina prevención de riesgos con el aprovechamiento de materiales reciclados.
“Yo les decía: hagamos algo que tengamos fundamento y que se vincule con los ODS. Leíamos el listado, lo anotamos un día en la pizarra y vean cuál les gusta, cuál quieren o creen que podemos ajustarnos”, cuenta Silvana Castro, docente que acompaña al grupo. La propuesta terminó de tomar forma cuando una de las estudiantes llevó una bolsa confeccionada con envases reutilizados de alimento para mascotas. A su vez, una estudiante también cuenta como fue ese proceso: “Fuimos haciendo lo que nos aconsejaba el campus, que era hacer una lluvia de ideas, y de ahí agarramos las que creíamos que eran más factibles. Entre esas estaba el emprendimiento que realizamos hoy y nos pareció que era algo bastante innovador”.
El bolso fue diseñado para contener elementos esenciales ante una emergencia sísmica, como agua potable,botiquín de primeros auxilios, linterna, velas, encendedor, silbato, alimentos no perecederos, una libreta y un instructivo con números de emergencia. También incluye una manta de abrigo confeccionada artesanalmente por los propios estudiantes a partir de cuadrados tejidos a crochet y a dos agujas.
La producción de las mantas se convirtió, además, en uno de los principales desafíos del grupo. “Aprender a tejer fue el primer desafío que todavía estamos llevando, porque creo que fue lo que más nos unió: aprender a tejer y hacer la manta”, cuentan los estudiantes. Para avanzar con la producción, también involucraron a familiares y otros integrantes de la comunidad, que colaboraron con el tejido de los cuadrados que luego forman las mantas.
El proyecto les permitió atravesar distintas etapas de la creación de un emprendimiento real: desde definir una idea y diseñar un producto hasta analizar costos, organizar tareas, producir, comercializar y pensar cómo comunicar su propuesta. Para llevar adelante el trabajo, los estudiantes se organizaron en equipos y distribuyeron responsabilidades entre distintas áreas.
En ese recorrido, también identificaron aprendizajes que van más allá de los contenidos específicos del emprendimiento. “Aprendimos a comunicarlo y al trabajo en equipo, y cómo llevar eso, porque hay que aprender a llevarlo en equipo”, explican. La comunicación, cuentan, fue un aprendizaje tanto hacia adentro del grupo como hacia afuera, a la hora de presentar el producto y vincularse con otras personas. Para Silvana, uno de los principales logros del grupo fue justamente poder llevar los contenidos del aula a situaciones concretas. “Es notable el crecimiento de quienes asumieron roles de liderazgo dentro del proyecto y la responsabilidad que fueron adquiriendo a medida que el proyecto avanza”, explica.
La experiencia incluso tuvo impacto en las decisiones que algunos estudiantes están tomando sobre su futuro. Una de las jóvenes cuenta que el proyecto le permitió revisar una elección profesional que tenía pensada: “Me ayudó a darme cuenta de que quería cambiar la carrera que iba a estudiar. Yo antes iba a estudiar Marketing y vi que no era para mí, entonces me fui a Logística”. Otro de sus compañeros, en cambio, descubrió que le interesa continuar desarrollando sus propios proyectos y pensar en un emprendimiento futuro: “Esta experiencia me enseñó las bases de un emprendimiento, de cómo llevar una empresa”, explica.
El contacto con la comunidad también les permitió validar que habían identificado una necesidad concreta. “Muchos nos dijeron que es muy necesario lo de este kit de emergencia, pero que nadie lo hacía y que la idea estaba buena”, cuentan los estudiantes. La propuesta también despertó el compromiso de familias y miembros de la comunidad educativa. “Los protagonistas son ellos, ellos están aprendiendo. Nosotros solo acompañamos. Y en ese acompañar pasan cosas, se pueden cometer errores, sí, podemos solucionarlo, sí. Y de eso se trata: de aprender en función del hacer”, resume Silvana sobre su rol durante el proyecto.
Life Bag es parte de Aprender a emprender, una propuesta educativa de Junior Achievement, la ONG que inspira y prepara a los jóvenes para su futuro, que invita a estudiantes de 15 a 18 años a atravesar la experiencia de crear y gestionar un emprendimiento real. Durante el programa, los jóvenes identifican oportunidades, desarrollan productos o servicios, organizan sus equipos, toman decisiones y ponen a prueba sus ideas frente a distintos públicos.
En 2026, más de 10.000 estudiantes de más de 300 escuelas de todo el país se sumaron a Aprender a emprender. Y desarrollan más de 400 emprendimientos, acompañados por más de 300 docentes. Estas experiencias permiten a los estudiantes desarrollar habilidades como el trabajo en equipo, la comunicación, la creatividad, la resolución de problemas y la toma de decisiones, mientras encuentran nuevas formas de intervenir sobre las necesidades de su comunidad.
“Aprender a emprender no es solo una propuesta educativa, es una forma de invitar a los jóvenes a ser protagonistas de su futuro. Cuando se les da la oportunidad de crear, de equivocarse y volver a intentar, están desarrollando habilidades esenciales para la vida. La educación emprendedora enseña a mirar el entorno con ojos críticos, a detectar problemas y pensar soluciones. Es una herramienta poderosa para construir autonomía, ampliar posibilidades y dar sentido al aprendizaje”, afirma Bernardo Brugnoli, director de Junior Achievement en Argentina.
Junior Achievement es una de las ONG con mayor impacto en el bienestar social del mundo. A través del aprendizaje práctico en educación financiera, formación para el trabajo y emprendimiento, inspira y prepara a los jóvenes para que sean protagonistas de su futuro.
Nominada en cinco oportunidades al Premio Nobel de la Paz y con más de 100 años de historia, su red global está presente en 120 países. Con el apoyo de 790.000 voluntarios y mentores, impacta a 23 millones de jóvenes cada año.
En Argentina, opera desde 1991 y, desde entonces, ha alcanzado a más de 1.400.000 jóvenes de todo el país. Cuenta con oficinas en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y las regiones de NOA y Cuyo.