El consumo de vino en Argentina cayó 5,5% en febrero. Inflación, menor poder adquisitivo y más importaciones presionan al sector vitivinícola.
En febrero, el consumo de vino en Argentina experimentó una caída del 5,5%, intensificando la crisis que atraviesa el sector vitivinícola. La inflación, la disminución del poder adquisitivo y el aumento de las importaciones ejercen presión sobre la industria.
La disminución no se distribuye de manera uniforme entre las categorías. En febrero, los vinos sin mención varietal (que representan el 73,3% del volumen total) disminuyeron un 4,3%, los varietales un 10,2% y los espumosos un 7,9%. Sin embargo, en el acumulado bimestral, los vinos sin mención varietal logran mantenerse con una leve variación positiva del 0,6%, mientras que los varietales y espumosos retroceden un 9,3% y un 8,6% respectivamente.
Esta disparidad revela un cambio en el comportamiento de los consumidores, quienes se inclinan por segmentos de menor precio relativo, una tendencia observada en todas las categorías de alimentos y bebidas. Se evidencia un crecimiento de las segundas y terceras marcas, así como de productos de menor valor en las góndolas.
La disminución en el consumo no se debe únicamente a cambios en los gustos o preferencias generacionales, aunque este factor influye cada vez más. La explicación principal es macroeconómica. El consumo per cápita de vino en Argentina ha disminuido de 23,8 litros anuales en 2015 a 15,77 litros en 2025, lo que representa una reducción de un tercio en una década. En febrero de 2026, se situó en apenas 1,09 litros por habitante, con una caída interanual del 5,7%.
El perfil del consumidor más afectado es revelador. Históricamente, el principal impulsor de la demanda de vino argentino ha sido el segmento etario de entre 40 y 60 años, compuesto principalmente por profesionales y trabajadores de ingresos medios y fijos. Según estudios sectoriales, los consumidores mayores de 45 años representan más del 69% de la preferencia por el vino tinto.
Este grupo ha sido particularmente vulnerable a la inflación y al estancamiento de los salarios reales. Al reducirse su capacidad de compra efectiva, el vino ha dejado de ser un bien de consumo frecuente para convertirse en uno ocasional, lo que explica en gran medida la magnitud y la aceleración de la caída reciente.
Además, se suma una transformación estructural del mercado de bebidas. En las últimas décadas, el segmento de vinos varietales ganó terreno frente a los vinos de mesa, elevando el valor promedio de la canasta y, con ello, la sensibilidad del sector a las fluctuaciones del ingreso. Hoy, ese mismo proceso de sofisticación actúa como amplificador de la contracción: los productos de mayor precio son precisamente los que más caen.
Un aspecto que merece especial atención es la transformación del patrón de importaciones. En 2025, el volumen total de vino importado se redujo un 60,2% en comparación con 2024, alcanzando los 18.274 hectolitros.
Sin embargo, esta cifra engloba realidades opuestas. Las importaciones de vino a granel se desplomaron de 43.031 a 5.340 hectolitros (provenientes en su totalidad de Chile), lo que indica que los elevados niveles de stock interno no requirieron abastecimiento externo.
En contraste, los vinos fraccionados (productos listos para el consumo final) registraron un crecimiento interanual del 406,9%.
Este dato redefine el panorama competitivo. Mientras el volumen total importado disminuye, crece precisamente el segmento de mayor valor agregado y presencia directa en las góndolas. Chile (52,6%), España (13,6%) y Francia (6%) lideran el origen de estas importaciones.
La paradoja es evidente: en un mercado interno en contracción, con consumidores que se inclinan por opciones más económicas, aumenta el ingreso de vinos extranjeros que compiten en los segmentos de mayor precio con los productos nacionales. Las importaciones no responden a una restricción de oferta, sino a una reconfiguración de la competencia.
La crisis no afecta a todas las provincias productoras por igual. Mendoza registró en febrero un crecimiento interanual del 5,2% en sus desp## Crisis en el Sector Vitivinícola Argentino: Cae el Consumo y Aumenta la Competencia Importada
El consumo de vino en Argentina experimentó una caída del 5,5% en febrero, profundizando la crisis que atraviesa el sector vitivinícola. La inflación, la disminución del poder adquisitivo y el aumento de las importaciones son los principales factores que presionan a la industria.
La disminución en el consumo no afecta a todas las categorías por igual. En febrero, los vinos sin mención varietal cayeron un 4,3%, los varietales un 10,2% y los espumosos un 7,9%. Sin embargo, en el acumulado bimestral, los vinos sin mención varietal se mantienen con una leve variación positiva del 0,6%, mientras que los varietales y espumosos retroceden un 9,3% y un 8,6% respectivamente. Esta disparidad refleja un cambio en el comportamiento de los consumidores, quienes optan por segmentos de menor precio, una tendencia que se observa en todas las categorías de alimentos y bebidas.
La principal causa de esta caída es la disminución del poder adquisitivo. El consumo per cápita de vino en Argentina se redujo de 23,8 litros anuales en 2015 a 15,77 litros en 2025, y en febrero de 2026 se ubicó en apenas 1,09 litros por habitante, con una caída interanual del 5,7%. El segmento de consumidores más afectado es el de entre 40 y 60 años, compuesto principalmente por profesionales y trabajadores de ingresos medios y fijos, quienes históricamente han sido el principal motor de la demanda de vino argentino.
Además de la caída del poder adquisitivo, el mercado de bebidas ha experimentado una transformación estructural. En las últimas décadas, los vinos varietales ganaron terreno frente a los vinos de mesa, elevando el valor promedio de la canasta y, con ello, la sensibilidad del sector a las fluctuaciones del ingreso. Este proceso de sofisticación ahora actúa como un amplificador de la contracción, ya que los productos de mayor precio son los que más caen.
Otro factor importante es la transformación del patrón de importaciones. Si bien el volumen total de vino importado se redujo un 60,2% en 2025 respecto de 2024, las importaciones de vinos fraccionados (productos listos para el consumo final) registraron un crecimiento del 406,9% interanual. Esto implica que, en un mercado interno en retracción, aumenta el ingreso de vinos extranjeros que compiten en los segmentos de mayor precio con los productos nacionales.
La crisis no afecta a todas las provincias productoras por igual. Mendoza registró en febrero un crecimiento interanual del 5,2% en sus despachos al mercado interno, mientras que San Juan, Salta y La Rioja acumulan fuertes caídas. Esta heterogeneidad territorial profundiza brechas regionales y consolida procesos de concentración productiva que debilitan el entramado vitivinícola fuera del núcleo mendocino.
El sector vitivinícola no muestra señales de recuperación en el corto plazo. La sostenibilidad de la industria depende en gran medida de la recuperación del consumo doméstico, lo cual requiere una recomposición sostenida del ingreso real. El desafío central no es solo recuperar volumen, sino también defender el valor promedio de comercialización, ya que una recuperación basada únicamente en los segmentos de menor precio no garantiza mejoras en la rentabilidad ni incentivos para la inversión sectorial. La divergencia entre volumen y valor tiende a comprometer la viabilidad de los productores de menor escala y a acelerar la concentración de la cadena.