Los artistas plásticos mendocinos: obras con identidad propia antes de ser visibles, pese a diferentes épocas y herramientas. La mirada de Daniel Rueda.
Hace veinte años, el nombre de Juan Castillo comenzaba a instalarse dentro de la escena artística mendocina. Su obra, atravesada por el mito, la animalidad y una poética ligada al realismo mágico, aparecía como una voz singular dentro de una generación que buscaba nuevos lenguajes visuales. En aquellos primeros años, el acompañamiento del gestor cultural Daniel Rueda resultó clave para proyectar ese recorrido hacia otros circuitos, primero regionales y luego internacionales.
Obra de Juan Castillo
Dos décadas después, otro artista joven empieza a construir un proceso que despierta ciertas asociaciones inevitables. Tomás Mattano pertenece a otra generación, con otros tiempos y otras herramientas, pero comparte con Castillo un rasgo esencial: una obra que encontró su identidad antes de hacerse visible.
Hay artistas que crecen lejos del ruido y Mattano parece pertenecer a esa línea. Su trabajo no busca imponerse, sino afirmarse en una relación sostenida con la pintura, desarrollada durante años en una práctica silenciosa. Lo que hoy comienza a aparecer públicamente no responde a una irrupción repentina, sino a un proceso madurado con paciencia.
Obra de Tomas Mattano
Ese recorrido empieza además a traducirse en hechos concretos. En poco tiempo, su obra ingresó en siete colecciones de carácter federal y dos nacionales. Participó en ferias, expuso en distintos espacios y también desarrolla experiencias vinculadas a residencias artísticas.
La comparación entre ambos artistas no intenta establecer equivalencias estéticas, sino señalar algo menos frecuente: la aparición de trayectorias que llegan a escena con una madurez previa, alejadas de la lógica de la exposición inmediata.
Entre un comienzo y otro también existe un largo recorrido de Rueda dentro del campo cultural. Durante estas dos décadas acompañó y visibilizó a numerosos artistas de distintas generaciones, funcionando muchas veces como interlocutor válido entre las obras, los espacios de circulación y los procesos de crecimiento artístico.
En ese marco, el vínculo entre Castillo y Mattano permite observar no solo dos momentos distintos del arte mendocino, sino también la continuidad de una mirada capaz de reconocer procesos genuinos antes de que el consenso los confirme.