Con una producción de 15.000 botellas y una dedicada apuesta por varietales patrimoniales como la Criolla y la Sangiovese, el agrónomo de sexta generación fue reconocido por la crítica internacional, revalorizando la diversidad y el potencial del terruño del Este.
Del Este de Mendoza proviene una historia de profundo apego a la tierra y trabajo familiar transmitido a lo largo de las décadas. En una región caracterizada por su escala productiva, su clima cálido y una marcada identidad vitivinícola, ser viticultor de sexta generación implica para Santiago Vignoni llevar en la sangre la cultura del trabajo entre parrales, el pulso de las vendimias y el eco de las conversaciones dominicales que giraban exclusivamente en torno a los rindes, los insumos, las inclemencias del tiempo y los vaivenes del mercado.
"Como les pasó a muchos enólogos, me crié acompañando a mi abuelo a la bodega y a los viñedos y los domingos en mi casa era de lo único que se hablaba: precio del vino, inclemencias climáticas, cuando tocaba el turno, tractores, abonos, nuevas tendencias, etc. Mis padres son enólogos, mi tío y uno de los hermanos también", relata Vignoni. Aunque su inquietud inicial lo llevó a volcarse a la Agronomía para explorar horizontes ajenos a la enología tradicional, la misma disciplina lo condujo de vuelta al origen: terminar de moldear su perfil técnico y conceptual directamente desde el viñedo, conjugando la memoria intuitiva de su infancia con el estudio sistemático. "Me di cuenta que había muchos conceptos que los traía de la infancia y muchos que tenía y tengo que aprender", reflexiona. Su visión se afianza sobre la premisa de que el vino trasciende la botella y la técnica para convertirse en una verdadera forma de vida.
La sabiduría de la tierra y la mirada global
Haber caminado las hileras de algunas de las regiones vitivinícolas más prestigiosas del mundo —como Barolo en Italia y Saint-Émilion en Burdeos— le otorgó a Santiago Vignoni una comprensión amplia sobre la diversidad del vino a nivel global. Esas experiencias internacionales le dejaron una enseñanza contundente: en cualquier latitud, la clave para lograr vinos excepcionales radica en el trabajo constante, la investigación técnica y la búsqueda incansable por interpretar la personalidad única del lugar. "De estos tres lugares construí una idea clara: cada región tiene vinos excepcionales, solo hay que trabajar, estudiar e investigar. Por eso trato de hacer vinos con mucha personalidad, que hablen del lugar. Creo que la Zona Este tiene mucho potencial", señala.
Esta vivencia fuera de la Argentina no sólo consolidó su respeto por los métodos clásicos, la crianza en roble y la capacidad de guarda, sino que le permitió redefinir esos preceptos para aplicarlos en el Este mendocino, buscando un equilibrio armónico entre la potencia tradicional y la frescura que exigen los consumidores contemporáneos.
El rigor técnico y el cuidado del suelo
En el trabajo cotidiano de bodega y viñedo, el enfoque de Vignoni se centra en un seguimiento permanente y meticuloso para permitir que las uvas expresan con fidelidad su origen. Cada etapa requiere atención constante y un control riguroso para evitar desviaciones y preservar la calidad organológica que el racimo trae desde la planta. Se busca cuidar cada proceso, desde la fermentación hasta la maduración, manteniendo un criterio enológico enfocado en la limpieza, la precisión y la autenticidad. "La baja intervención es un concepto filosófico de trabajo donde la meta es "tocar" lo menos posible los vinos para que se expresen en plenitud según lo que traen del viñedo. Esto no quiere decir que se hacen solos, al contrario, necesitan de mucho seguimiento para evitar desviaciones", aclara el agrónomo.
Esta labor técnica se complementa en el campo con prácticas de agricultura regenerativa focalizadas en la salud del suelo: se evita la labranza innecesaria para no alterar la estructura del terreno y se fomenta el desarrollo de una cubierta vegetal, eliminando aquellas que son muy agresivas en competencia con la vid y dejando las que son más benévolas.
A través del aporte de materia orgánica mediante restos de poda y maleza segada, se estimula la biodiversidad de microorganismos e insectos benéficos, fundamentales para devolver la vida y el equilibrio a las tierras agrícolas del Este. "Buscamos al mismo tiempo mejorar la biodiversidad tanto de microorganismos como de insectos, estos últimos podemos verlos moviendo la cobertura vegetal o el mulch", detalla.
Escala consciente y el valor del patrimonio histórico
Sostener un proyecto en una escala acotada de unas 15.000 botellas al año responde a una decisión de vida y de modelo de trabajo. El propósito de mantener dimensiones reducidas radica en el deseo de conservar el control directo sobre cada labor agronómica y enológica, participando activamente de cada vendimia y de cada proceso en la bodega, evitando que la gestión administrativa absorba la esencia artesanal del proyecto. "La escala pequeña es porque el proyecto está concebido de esa manera, mi deseo es no terminar trabajando en una oficina porque se me fue de las manos, quiero seguir participando de las vendimias y de las tareas enológicas y agronómicas haciendo en pequeña escala lo que me gusta, controlando cada paso", afirma Vignoni.
Esta escala humana le permite dedicar tiempo a viñedos patrimoniales del Este de Mendoza que resguardan la memoria histórica de la provincia. La conservación del sistema de parral —característico de la arquitectura agrícola tradicional— cumple un rol estratégico en la zona, ya que el dosel foliar protege a los racimos de la radiación directa y preserva la acidez natural de las uvas en un ambiente cálido. "Siempre pienso que "los viejos algo sabían" porque hicieron parrales y plantaron variedades que armonizan con la región. Los parrales permiten sombrear los racimos y mantener frescura y acidez en los vinos", sostiene.
En este contexto, la apuesta por variedades no convencionales o históricas adquiere un sentido profundo: cepas criollas, Moscatel, Sangiovese e inclusive Bequignol no solo representan el origen inmigrante y criollo de la vitivinicultura local, sino que demuestran una adaptación climática excepcional y una capacidad única para entregar vinos frescos, gastronómicos y con identidad de origen. "Estas variedades tienen un enorme valor histórico ya que por un lado representan nuestra identidad y por otro nuestro origen. Muchos de estos viñedos son patrimoniales para nosotros ya que son herencias de abuelos o bisabuelos", destaca.
Un reconocimiento que posiciona a todo un terruño
El impacto y la solidez de esta propuesta encontraron un eco contundente a nivel internacional a partir de la reciente mirada del crítico británico Tim Atkin, quien distinguió a Santiago Vignoni como "Estrella en Ascenso del Año" (Rising Star) y otorgó la mención de mejor rosado precio-calidad de la Argentina a su Criollo de Macollo.
"El reconocimiento de Tim fue algo inesperado (...). Es muy valorable que se interese por pequeños proyectos como el mío que buscamos hacer grandes vinos, pero no tenemos la estructura ni el capital para posicionarlos. Este reconocimiento también es para la Zona Este, donde hay también otros productores que hacen un gran trabajo", expresa Vignoni con gratitud.
Este respaldo resulta sumamente valioso para proyectos de escala reducida que carecen de grandes estructuras comerciales o presupuestos publicitarios, demostrando que la calidad y la autenticidad pueden posicionar a una marca en lo más alto de la escena vitivinícola mundial. Más allá del logro personal y profesional para el joven agrónomo, el premio proyecta una luz renovada sobre el Este mendocino, poniendo en valor a una región histórica, visibilizando el trabajo de pequeños productores independientes y reconfirmando que en la diversidad de cepas y en la fidelidad al terruño reside el futuro de la vitivinicultura argentina.