Por Esteban Perez Dacuña (*)
Durante los meses más estrictos del aislamiento obligatorio, asistimos a un fenómeno sociológico sin precedentes que podría haber sentado las bases de la gran revolución del streaming actual: las pantallas de los teléfonos móviles se transformaron en ventanas hacia universos caseros, intimidades familiares, historias personales y recetas de la abuela. Desde sus salas de estar o cocinas, actores, músicos, profesionales y personas sin ninguna vinculación previa con los medios improvisaban transmisiones en vivo de Instagram. Aquel ejercicio de supervivencia digital y consumo masivo funcionó como el precursor directo, el gran ensayo general del ecosistema de streaming que consumimos hoy.
Sin embargo, la distancia entre aquel formato rudimentario y la industria actual parece haberse esfumado. Lo que hoy se vende como un medio de comunicación profesional no es más que la sofisticación técnica de aquellos vivos de la pandemia.
El problema central de esta evolución radica en la pérdida absoluta del rigor profesional y del ejercicio periodístico tradicional. Antaño, la construcción de agenda, la curaduría informativa y la dirección de un medio exigían una formación específica, método, contraste de fuentes y trayectoria.
Hoy, las barreras de entrada al ecosistema de medios parecería ya no ser tan intelectuales ni éticas, sino más bien relacionadas con lo financiero. Cualquier persona o grupo empresario con la liquidez suficiente puede adquirir tecnología de punta, montar un estudio vidriado, contratar luces y sentar frente a un micrófono a opinar sobre cualquier tema sin sustento analítico. El streaming actual ha democratizado el acceso, ¿pero a costa de vaciar de contenido al medio?
En este nuevo paradigma, la visibilidad y la supuesta "autoridad" está ligada en muchos casos al grado de poder con el que se accede a los canales. Cuanto mayor es la capacidad de inversión económica, mejores son los recursos técnicos, la escenografía y la pauta publicitaria que traccionan ese canal.
Esto ha consagrado un modelo donde el espectáculo devoró al análisis. Al igual que aquellos vivos de Instagram donde cualquiera hablaba de todo sin filtro, el streaming actual promueve la banalización del debate público. Se prioriza el impacto, el fragmento funcional para redes sociales y la chicana por encima de la profundidad conceptual.
El streaming es, indiscutiblemente, un soporte técnico potente y un formato ineludible de la industria cultural contemporánea. No obstante, asimilarlo acríticamente como el nuevo paradigma del periodismo es un error conceptual grave.
Si bien es cierto que existen numerosos profesionales y creadores que utilizan estas plataformas con un alto nivel de rigor, ética y compromiso comunicacional, el riesgo surge cuando permitimos que la corriente dominante reduzca el medio a una versión mejor iluminada de los vivos de la pandemia —donde cualquiera opina de todo impulsado únicamente por el músculo financiero—. El desafío actual radica en rescatar el valor de la labor periodística seria y respaldar a quienes defienden el oficio frente a un mercado que, con frecuencia, insiste en premiar la improvisación.
(*) Dir. Revista Entorno Económico. Docente. Magíster (Columbia University & UdeSA)